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Bicentenario de los Tratados de Trujillo y la entrevista de Santa Ana

Por Francisco González


Los días 25, 26 y 27 de noviembre se celebran los doscientos años de los Tratados de Trujillo y de la entrevista entre el Libertador Presidente de la República de Colombia Simón Bolívar y el General en Jefe del Ejército del Reino de España Don Pablo Morillo. Estos acontecimientos y los documentos producidos son reconocidos entre los más importantes de la historia del mundo, y en especial de Hispanoamérica.

 

Al genio de Bolívar, fundamentalmente, y al de Sucre, se le deben esos monumentales documentos que son el Tratado de Regularización de la Guerra y el Tratado de Armisticio, aclamados por patriotas y realistas, y que venían a poner fin a la Guerra a Muerte, nacida en tierras trujillanas. Se crean así los derechos humanos en tiempos de guerra. Y estos compromisos forman parte de las bases que luego se desplegaron en los derechos humanos, los procesos de conciliación y acuerdos para resolver conflictos, el derecho alternativo y otras fórmulas para adecentar los procedimientos mediante los cuales la gente y los países deben resolver sus diferencias.

 

No fue fácil llegar a esta situación, en esta fecha y en este lugar. La guerra llevaba casi 20 años, con mucha muerte, ruina y desolación. Trujillo era quizás la mejor muestra de los resultados de esa conflagración atroz. Sin embargo, a esta población llegan los representantes de la veterana monarquía española y de la naciente república, y son recibidos con especial esmero, como es la tradición de los trujillanos. El Libertador Simón Bolívar, Presidente de Colombia, llega a Trujillo el lluvioso sábado 7 de octubre de 1820 al mediodía. El 21 noviembre llega el brigadier Correa y los demás delegados de la corona española, quienes son recibidos cordialmente por delegados de Colombia y la gente de la ciudad.

 

Luego de los numerosos encuentros previos entre las partes, abundante correspondencia, acercamientos, distanciamientos, paciencia y diplomacia, mucha buena fe, y algunas realidades que se imponían, los tres delegados de la República y los tres de la monarquía, con sus asesores y la supervisión de sus jefes, llegan a la redacción final de los tratados. Por Colombia firmaron Antonio José de Sucre, Pedro Briceño Méndez y José Gabriel Pérez; por España lo hacen Ramón Correa, Juan Rodríguez de Toro y Francisco Gonzales de Linares. El “Tratado de Armisticio” fue firmado el 25 de noviembre de 1820, el “Tratado de Regularización de la Guerra” el 26, y para su ratificación el 27 viajaron Morillo desde Carache y Bolívar desde Trujillo hasta Santa Ana.

 

Un asunto que es muy importante destacar. El General Don Pablo Morillo se vistió con el más elegante de sus uniformes y montó el mejor de sus caballos. Bolívar se vistió de civil y montó una mula. Tenía que significar la idea republicana nacida de los debates cívicos que se dieron entre 1810 y 1811, no de los campos de batalla que siguieron hasta esa fecha de 1820. Y ese gesto fue definitivo para que Morillo se convenciera que estos patriotas estaban movidos por una idea que no tenía vuelta atrás. Por eso de Santa Ana se fue a Madrid.

 

También lo es el hecho de reconocer al otro como un auténtico otro. Tuvo que pasar mucho tiempo y ser regada mucha sangre para caer en cuenta que ambos bandos tenían razones legítimas para luchar: unos querían la unidad de su patria, otros tener una patria nueva propia. Y en Santa Ana brindaron por la valentía con que cada uno luchó por sus ideas, sólo que sobre un mar de sangre. Si diez años antes se hubieran reunido para conversar, quizás estas repúblicas nacientes de Hispanoamérica no hubiesen pasado por tantos horrores, ni España tampoco.

 

En Trujillo y Santa Ana triunfaron la diplomacia frente al combate, la palabra frente a la espada, la paz frente a la guerra. Triunfó la civilidad frente al militarismo. Triunfó el reconocimiento de las diferencias. El espíritu que se vivió el 27 de noviembre de 1820 quedó claramente testimoniado en cartas, informes y comentarios realizados por Simón Bolívar, Pablo Morillo, el Coronel Tello, O’Leary y algunos otros.

 

Considerar el espíritu de ese encuentro es importante para poder obtener las lecciones que se necesitan para lograr tejer un proyecto de desarrollo nacional, regional y local en torno al encuentro entre diversos, en una nación plural, democrática y libre. Pues para eso es la historia: para aprender de lo pasado y construir futuro sobre sus lecciones. Lamentablemente hoy Venezuela es un monumento contrario los significados de los hechos ocurridos hace 200 años en Trujillo y Santa Ana.